martes, 17 de julio de 2018

Y Sri Lanka. Foto 4

Y Sri Lanka. Foto 3

Y Sri Lanka. Foto 2

Y Sri Lanka. Foto 1

Y Sri Lanka


En el pasillo de salida del aeropuerto de Colombo hay una persona que sostiene un cartel con mi nombre. Se trata de Champi, el conductor del coche que contratamos en la agencia de viajes de  Ernakullam para hacer un recorrido circular visitando los principales lugares de Sri Lanka. Con él pasaremos una gran parte del tiempo que dure el viaje. Siete días, seis noches, alojándonos en hoteles situados en puntos estratégicos del recorrido: Colombo, Sigiriya, Kandy, Nuwara Eliya, Yala y Bentota.

Sri Lanka es la mítica Ceilán. Es el corazón de la ruta de las especias, frecuentada desde el siglo VII por caravanas de mercaderes y por barcos de comerciantes que llegaban hasta aquí y regresaban a casa con las bodegas llenas de canela, anís, jengibre, cardamomo, nuez moscada y clavo. La ruta de las especias. Nada, ninguna otra circunstancia, estoy seguro, fue tan esencial en el encuentro de Europa con Asia (entonces, ¿cómo es posible que semejante joya quede relegada a destino exótico  para parejas de recién casados en los folletos de las agencias de viajes?). Comerciantes, navegantes, almacenes repletos de especias, mares de leyenda. En Sri Lanka es muy fácil que la imaginación se desborde. 

En Sri Lanka el trópico nos reserva algunas sorpresas. El recorrido por la isla muestra un paisaje y un clima cambiante, que en un mismo día nos hace pasar del calor y la humedad de Sigiriya a tener que encender la calefacción en la habitación del hotel de Nuwara Eliya,a más de mil seiscientos metros de altitud. Allí nos encontramos, casi de repente, con un paisaje, un relieve y un clima que nada tiene que envidiar al del otoño inglés, niebla y lluvia incluida.
En Sri Lanka los extensísimos palmerales se suceden, alternándose con los campos de arroz en las tierras llanas y con enormes plantaciones de té en la montaña. Verde brillante del arroz, verde intenso del té que, a veces, desde el coche, parece virar a amarillo en los interminables setos que tapizan ambos lados de la carretera.
No es extraño encontrarse un aviso indicando la necesidad de circular con precaución ante la posibilidad real de que se te cruce un elefante, mientras en el hotel te recuerdan que dejes cerrada la terraza de la habitación para evitar que se cuele dentro un mono, se lleve algo de tu equipaje y la broma termine costándote un disgusto. En Sri Lanka el trópico se desborda.

Estuvimos en Pinnawala  en un orfanato muy particular, dedicado a recoger elefantes maltratados o abandonados.  Hemos subido en Sigiriya las alucinantes escalinatas -más de mil trescientos escalones en una ascensión no apta para cardiacos- que conducen hasta una fortaleza del siglo V situada en lo más alto de una inmensa roca de paredes verticales. Pura adrenalina, especialmente la parte final de la subida. Hemos visitado los espectaculares templos budistas de Kandy y de Dambulla, y nos impactó por su sencillez y belleza uno muy pequeñito con el que nos topamos recorriendo en barca los manglares del sur de la isla. Paseamos por el jardín botánico de Kandy,  maravillosa herencia del siglo XIV, en el que los miles de inmensos murciélagos que cuelgan amenazantes de las ramas de muchos de sus árboles le dan a esta hermosura un punto siniestro considerable. Hemos recorrido el Parque Nacional de Yara y, aunque nos quedamos con las ganas de ver leopardos,  tuvimos la gran suerte de contemplar a una familia de elefantes retozando en una charca justo delante de nuestras narices. En Sri Lanka la naturaleza también se desborda.

El budismo. Sri Lanka es uno de los pocos países del mundo en los que la religión budista es mayoritaria. Aquí, más del 80% de la población profesa esa religión.  En una de las paredes del impresionante templo budista de Kandy estaban escritas estas palabras de Einstein: "La religión del futuro será cósmica. Una religión basada en la experiencia y que rehuya los dogmatismos. Si hay alguna religión que colme las necesidades de la ciencia, esa sería el Budismo." ¿Tendrá algo que ver esto con la sonrisa que invariablemente te dedican todos y cada uno de los habitantes del país con los que te cruzas? Si es así, habrá que pensárselo, digo yo.

La gente. Qué poco necesitan para sonreír estos singaleses. Con qué amabilidad reciben al forastero. Con qué facilidad inician cualquier conversación. Las mujeres, los hombres y los niños. Los niños, sonrientes, siempre alegres, vestidos con sus camisas  del uniforme del colegio -o de blanco para ir al templo los domingos- y con su mochila a la espalda, nos miran, se ríen y saludan sin cesar.

Y para terminar, el mar. El mar del sur de Sri Lanka. Me acerqué anteayer a la playa de Bentota a coger un puñado de arena para la colección de Ricardo, el mar estaba muy fuerte. Y entonces me acordé de cómo Enmanuel Carrere narra de manera admirable en su novela "De vidas ajenas" la terrible experiencia que vivió muycerca de aquí, cuando el mar se desató una noche de Navidad y un terrible tsunami provocó la muerte de más de treinta mil personas sólo en esta parte de la isla. Me comentaba nuestro conductor que, más de diez años después, la gente sigue sintiendo miedo de que algo así pueda volver a ocurrir.

Esta mañana temprano cogimos el avión que nos trajo de regreso a Kerala desde Sri Lanka. Estaremos aquí dos días antes de volar a Delhi, donde aún nos quedarán otro par de días en India. Y luego a casa, que ya es hora. Mientras tanto, por aquí el monzón sigue haciendo de las suyas. La Arcadia está sin luz ni internet, y no para de llover. A ver cuándo puedo enviar este último post.
En Sri Lanka ha sido casi imposible sacar tiempo para escribir en este blog. Los madrugones, la intensa agenda y  los largos viajes no me lo han puesto fácil, pero bueno, ahí queda eso. Como dicen los singaleses, stuti.









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viernes, 13 de julio de 2018

El monzón. Foto 3

El monzón. Foto 2

El monzón. Foto 1

El monzón

Hace ya dos días que nos fuimos de la Arcadia. La noche antes de salir hacia Sri Lanka escribí algunas notas, que me sirven para completar este post. Ahí va.

              Llevamos tres días sin parar de llover. La Arcadia está casi completamente inundada, pero el monzón no detiene la vida en Allampilly, tampoco la nuestra.

En la Arcadia el día  comienza siempre con un desayuno madrugador en la cocina, sobre las siete y media de la mañana -a veces antes, si hay alguna excursión prevista o si Carmen ha conseguido convencernos para que nos metamos en su clase de yoga-. Hay desayunos y desayunos, y el del pasado domingo fue espectacular. Empezamos con un  lassi de mango y dos cuencos con frutas tropicales -jackfruit, papaya, rambutan, maracuyá y mangostín-, después de lo cual le tocó su turno al ya habitual porridge: un tazón con leche de avena, cereales, plátano, frutos secos y miel, al que Carmen  añadió en esta ocasión dátiles frescos. Cuando parecía que ya no podíamos más, resulta que aquello no había hecho nada más que empezar.  Como quien no quiere la cosa, José fue preparando unos huevos fritos que nos tomamos a base de patacones, riquísimas tortas colombianas de plátano preparadas por Carmen. No faltó el pan de mijo con aceite y mermelada de mango y de nuez moscada -marca de la casa, como el pan-, un poco de queso francés que había traído nuestra amiga Marjorie y, para terminar, un té o un café, eso sí, sin azúcar.
(escribiendo esto, no puedo evitar acordarme de las merendolas que se pegaban los "cinco", en los libros de Enid Blyton que leía de pequeño en las tardes de verano, cuando mi madre nos obligaba a dormir la siesta. Qué tíos, los "cinco", cómo se ponían. En la granja Kirrín les preparaba su tía unas meriendas con cerveza de gengibre, pastel de nosequé y mil cosas más que no se las saltaba un galgo).

El día que fuimos a ver las cataratas nos cayó una de aúpa. A Pablo, en su línea, se le olvidó el paraguas en casa y tuvo que comprar uno allí por doscientas rupias - algo más de dos euros-. El paraguas en cuestión tiene un curioso estampado con noticias de prensa. "Así no me mojo, y de paso leo el periódico", comentó. Qué tío, el Pablo.  Con paraguas o sin ellos, nos pusimos hechos una sopa. La zona en la que se encuentran las soberbias cataratas está llena de monos, que se acercan a la gente sin ningún miedo. Fuimos testigos de cómo un mono se atrevió incluso a saltar sobre un pardillo, que en ese momento estaba muy cerca de nosotros, para intentar robarle unos infames cacahuetes picantes que se estaba comiendo el tipo. En fin, que no nos pase ná.

Es verdad que tenemos la gran suerte de estar con nuestros amigos, buenos conocedores de la tierra en la que viven. Eso es lo que nos permite aproximarnos a la India de forma diferente a como lo hace el viajero común, de manera que nuestro viaje tiene un ingrediente de proximidad muy valioso. Ya no solo por conocer de su mano  magníficos garitos locales -qué decir del "Madrás Café", en Allampilly, donde ponen los mejores desayunos de toda la India, después de los de La Arcadia, claro está; o del "Malabar House", una mansión colonial holandesa en el corazón de Fort Cochin, dónde sirven un Chai impagable-; o por recorrer con ellos pequeños museos, tiendas, calles  mercados y lugares que sin ellos nunca habríamos conocido. Es mucho más de lo que yo podría escribir aquí. Con ellos hemos ido a comer a casa de una familia India; hemos compartido aula de yoga con los alumnos de Carmen,  y  hemos pasado espléndidas veladas en su cocina y en su biblioteca. Aunque esta larga semana en Kerala se nos ha pasado volando, nos sentimos como si hubiéramos vivido aquí mucho más tiempo.

Algunas noches, después de cenar, subimos a la biblioteca de nuestros amigos para terminar el día viendo una peli. Me encantó "El exótico hotel Marigold". Es una deliciosa comedia ambientada en India. En una escena, dos de sus personajes principales, marido y mujer en plena crisis y al borde del divorcio, mantienen más o menos el siguiente dialogo:
- ¿Me quieres decir qué es lo que tú le ves a la India?  -pregunta ella, muy enfadada- ¿Qué es lo que te gusta de este maldito país?
- ‎Me gusta por su luz, por su color. -contesta él, mucho más calmado que ella- Y me gusta, sobre todo, porque en otros países la vida es previsible mientras que aquí, en India, la vida siempre te sorprende.

Sigue lloviendo fuera. Mañana a esta hora estaremos lejos de aquí. Seguiremos informando.

miércoles, 11 de julio de 2018

El autobús

Es posible que sea cierto eso de que no se conoce bien un país si uno no ha recorrido sus mercados  ni viajado en sus transportes públicos. Lo que es seguro es que desplazarse en autobús de línea en India puede llegar a ser una de las experiencias más auténticas -y, probablemente, de las más emocionantes, - que se puedan tener por estos andurriales.
Lo ideal, ya puestos, es coger el bus en hora punta, a las ocho de la mañana, por ejemplo, o a las tres de la tarde, cuando los buses van atestados de trabajadores, amas de casa y estudiantes de uniforme. Una vez localizada la parada, y teniendo muy claro el nombre del lugar en el que nos vamos a bajar, solo queda esperar la llegada del bus. Ojo, que vendrán unos pocos antes que el nuestro. Vistos desde fuera, los autobuses son bastante vistosos, demasiado vistosos, diría yo: la parte delantera está casi siempre pintada de colores chillones, y el parabrisas aparece plagado de guirnaldas y adornos varios. En la parte superior llevan escrito el nombre de la línea, en malayalam, claro.  Solo reconoceremos el nuestro cuando, una vez abiertas las puertas -operación que se realiza siempre antes de que el autobús  pare del todo- alguno de nosotros se acerque y le repita en voz alta a algún viajero el nombre de nuestro destino. Si la respuesta es un meneillo de cabeza, que no dice que no pero tampoco dice que sí -como hacían aquellos perritos que se veían en las bandejas traseras de los coches en España, en los años setenta- entonces hay que subir a todo meter al autobús antes de que sea demasiado tarde y se ponga en marcha, momento a partir del cual la subida sólo es apta para lugareños y turistas descerebrados.

Cogimos nuestro primer bus a los dos días de llegar a Kerala para ir a Fort Cochin. Para ello, teníamos que llegar hasta Vypin por carretera, y una vez allí coger un barco que nos llevaría a nuestro destino atravesando un ancho canal. No podíamos perdernos la visita a Fort Cochin, una de las poblaciones más bonitas de Kerala.  Posee uno de los conjuntos de arquitectura tradicional colonial más bellos de toda la India, con una fascinante mezcla de influencias portuguesas, holandesas e inglesas. Pero volvamos a lo nuestro.

El trayecto en bus entre Ayyampilly y Vypin dura hora y media, y transcurre por una carretera estrecha con un carril en cada sentido.  No hay aceras ni arcén. A ambos lados de la carretera -apenas a  metro y medio-, acompañando a la omnipresente vegetación tropical, hay casas bajas de colores. Se trata generalmente de tiendas de todo tipo y condición, en las que trajinan montones de personas. De vez en cuando nos sorprende la aparición de grandes iglesias católicas -no hay que olvidar que Kerala es el estado indio donde el número de católicos es más alto, en torno al 20% de la población, y los indios, como todo el mundo sabe, se toman muy en serio esto de la religión-, iglesias construidas a modo de enormes tartas, pintadas con colores pastel y con una decoración muy kitsch. Todas tienen junto a ella su escuela y su parada de autobús.

El viaje fue de traca. Durante todo el trayecto, se dice pronto, el chófer no paró de tocar cada dos por tres la bocina. Nada más entrar, con el autobús atestado de gente, nos dimos cuenta de la importancia de andar sujeto donde fuera, ya que los frenazos y  bandazos eran continuos. Las incorporaciones  desde los caminos que dan a la carretera se hacían sin la menor precaución, y para adelantar a los motocarros que la inundaban el conductor no veía necesario esperar a que no viniera nadie de frente. En ese caso, ya se apartaría, por la cuenta que le trae. Para que se me entienda bien, la experiencia es comparable a algo intermedio entre una partida de un vídeo-juego -con muchos bonus y un montón de bolas extra, afortunadamente- y una atracción de feria, de esas que se llenan de adolescentes ansiosos de fuertes sensaciones. Y el caso es que ni un solo indio se inmutaba, cada uno iba a lo suyo, mientras la música que el chófer tenía puesta a todo volumen daba ambiente al viajecito.
Cada vez que llegábamos a una parada, el cobrador abría la puerta y empezaba a azuzar a niños y mayores para que pasaran para dentro ( ¿para dónde, si no había sitio?), haciendo extraños signos con la mano y diciendo: "gere, gere, gere, gere", o "po,po,po,po po..." , Qué no tengo ni idea lo que quiere decir, aunque me lo imagino. Luego, ya en marcha, tiraba de una cuerda y misteriosamente se cerraba la puerta con un primitivo aunque ingenioso dispositivo. Aunque al principio el personal va revuelto, pronto se da uno cuenta de que la parte delantera es para las mujeres y la parte de atrás para los hombres. La cosa estuvo mucho más clara cuando se quedó delante un sitio libre y a Luis le faltó tiempo para abalanzarse sobre él, pero más rápido llegó el cobrador, que le hizo levantarse y lo mandó para atrás sin contemplaciones.

Eso sí, el viaje fue muy muy barato, apenas unas rupias.  Otro día hablo de los mercados.



lunes, 9 de julio de 2018

Los backwaters

"A veces, viajando, inesperadamente, la tierra nos muestra unas de sus perlas. Esta vez ha sido en los canales de Kerala"

Empiezo este post con las líneas que ayer subió Luis -uno de mis compañeros de viaje-  al grupo de wtsp que montamos hace unos meses, cuando empezamos a organizar esta pequeña aventura, y que seguimos utilizando en estos días para anotar cuentas y demás. Y es que los bakwaters de Kerala -patrimonio de la humanidad desde hace ya unos años- son una verdadera pasada. Se trata de una enorme red de canales que dan forma a un laberinto acuático; a veces, abriéndose paso a duras penas entre una increíble y densa vegetación tropical; otras, mostrándose como amplias láminas de agua en las que se refleja el cielo.

Habíamos decidido acercarnos hasta los canales desde La Arcadia viajando en autobús hasta Allapuzha para, una vez allí, alquilar un barco-hotel en el que, por un módico precio -estamos en temporada baja, en plena estación de monzones-, pudiéramos recorrerlos tranquilamente y pasar la noche a bordo, además de comer, cenar y desayunar en el barco. Llegamos a Allapuzha después de más de tres horas y media de autobús, y contratamos nuestro crucero particular en el primer tugurio que encontramos en el muelle  con pinta de ser lo que buscábamos,  a un precio verdaderamente irrisorio . Al cabo de media hora estábamos navegando, acompañados de nuestra flamante tripulación: el capitán, un cocinero y un tipo con pinta de ser el encargado de echar una mano en lo que hiciera falta.

Nuestro barco, como todos con los que nos cruzamos, era una preciosidad. Según nos dijeron, los ketuvallam -que así se llaman- son barcos tradicionales que en su época se dedicaban al transporte de arroz, aunque de esto solo conservan su apariencia externa, ya que se construyen en la actualidad como pequeños hoteles flotantes. En la cubierta delantera, un juego de cómodos sofás, una mesa donde poder comer, dos espacios donde tumbarse junto a la proa y, delante del todo, una pequeña silla donde el capitán -muy sonriente aunque no nos dirigió la palabra en todo el viaje, solo hablaba malayalam- nos miraba de vez en cuando mientras pilotaba (A decir verdad y en contra de la opinión de Pablo y de Luis, yo creo que el capitán sí hablaba inglés, pero le sentó como un tiro que poco después de empezar a navegar le dijera yo, a petición de Luis, que  le quitara el sonido al móvil, en el que estaba viendo vídeos a la vez que le daba al timón... . Yo habría reaccionado igual, o peor). Detrás de esta zona, un camarote con dos camas individuales y cuarto de baño y ya en la popa, la cocina. En el piso de arriba, otra cubierta delantera, una mesa de comedor en la misma cubierta -ahí nos sirvieron la cena, comida india tradicional, muy rica-  y otro dormitorio casi idéntico al de abajo.
El plan, para imaginárselo: uno no quiere ni echarse la siesta en cubierta para no perderse ni un instante del espectáculo, en verdad impagable, del barco recorriendo muy despacio semejante lugar. Por supuesto que la echamos; la siesta, digo, aunque no sin antes comer algo de pescado, acompañado de algunos platos indios, para variar. Leer un rato, charlar por los codos, reírnos un montón y disfrutar, ese fue nuestro único plan a lo largo del día completo que duró la aventura. Cuando empezó a caer la tarde, el barco paró un rato; mandamos al chico para todo a comprar unas King Fischer para cenar -no es nada fácil pillar unas cervecitas en la India-, y nos acercamos a un puesto de pescado, pero no compramos nada porque a Luis, nuestro regateador oficial, le pareció caro el precio final de unos langostinos con una pinta que te rilas. Poco después nos detuvimos, y el barco quedó amarrado en lugar seguro para pasar la noche.

Nunca supimos donde durmió el capitán. Los otros dos tipos se acoplaron en la terraza de la cubierta superior, pero del que llevaba el timón no tuvimos ninguna noticia hasta la mañana siguiente.
‎Sí sé donde dormimos nosotros: los tres en el camarote de abajo. Habíamos contratado un camarote con una cama supletoria, pero la supletoria resultó ser un infame colchón, con una única sábana de sospechoso color parduzco que, para colmo, le quedaba chica. Así que, dada la hora y la anchura considerable de las camas, optamos por no liarla con la tripulación, juntar las camas y echarnos a dormir uno al lado del otro, despertándonos cada dos por tres para apagar o encender el aparato de aire acondicionado del camarote, según estuviéramos helándonos de frío o asándonos de calor. A nuestra edad. Mejor, no se lo contamos a nadie.

domingo, 8 de julio de 2018

La Arcadia

El paraíso terrenal existe, palabra. Está en La Arcadia. O, al menos, aquí se encuentra un trocito de ese paraíso del que nos hablaban en el colegio, el mismo del que expulsaron a Adán y Eva por comerse una manzana, algo que nunca conseguimos entender del todo. Es una pequeña finca de media hectárea de extensión, situada en un rinconcito de Ayyampilly, en el distrito de Ernakulam, estado de Kerala.
Hace ya trece años que nuestros amigos la compraron. Se encontraban por entonces en Puna, trabajando como profesores en uno de los Colegios del Mundo Unido, organización filantrópica dedicada a la enseñanza que ofrece una educación secundaria de altísima calidad en un reducido número de centros repartidos por todo el mundo. Después de pasar años enseñando en diversos países -Reino Unido, Swazilandia, Estados Unidos, India- y atraídos por las bondades de este país, eligieron este trocito del mundo para quedarse.

En un lateral del jardín de La Arcadia se sitúa la casa, un hermoso edificio de dos plantas de estilo colonial, levantado en los años cincuenta del siglo pasado. Su interior es espacioso y equilibrado. Llaman la atención sus puertas y ventanas de madera, sus cierres, la economía de su mobiliario  y la espléndida cocina -en ella se conserva una antigua cocina de leña, operativa hasta hace apenas unos años-, el verdadero corazón de la casa, como en todo hogar que se precie de serlo.

Un paseo por el jardín nos descubre el trópico a cada paso. Naturaleza que se resiste a ser doblegada, que obliga a luchar cada día a brazo partido para evitar que se desborde: deslumbrantes flores como las heliconias, los anturios o las flores de antorcha, junto a las delicadas plantas de ilan-ilan, muy cotizadas en perfumería y aromaterapia. Árboles de caoba, palmeras de diversos tipos, un árbol de cacao, distintas plantas que producen  especias como pimienta, vainilla, varios tipos de gengibre y cúrcuma. El espacio dedicado a la albahaca se organiza en unas estructuras que sostienen más o menos a un metro sobre el suelo los canalones, en los que asoman las tiernas y aromáticas hierbas en tres variedades diferentes, cubiertas por unos pequeños techados de plástico que las protegen del exceso de lluvia.
En el huerto hay ocra, espinacas, pimiento chile, judías, pepinillos, incluso algunos aguacates traídos desde Estepona. También hay un naranjo y dos limoneros. Junto al huerto está el corral, donde tres gallinas ponen cuando les place unos huevos que resucitan a un muerto.

En el centro del jardín está el aula de yoga. Se orgánica en torno a un espacio simétrico ,cuidadosamente iluminado y ventilado, que reúne los elementos imprescindibles para la práctica y la docencia del Yoga Iyengar, además de unos cuantos muebles de espléndida factura. Muy cerca del aula de yoga hay un pequeño estanque con lotos y otras plantas acuáticas, en el que nadan peces tropicales y otros que, cuando alcancen el tamaño adecuado, irán directamente a la plancha.

Es difícil adivinar cómo se puede gestionar la gran cantidad de fruta que produce la Arcadia: deliciosos mangos, papayos, frutas de la pasión, mangostín, plátanos, árbol del pan, peras tropicales, piñas, yucas, cafetos -cuatro de ellos de la variedad robusta, otro de la variedad arábiga-, además de uno de los reyes de la fruta de estas latitudes: el jack-fruit. Este último es un impresionante fruto con forma de balón de rugby pero con el doble de tamaño; cuando está en su punto exacto de maduración, es el momento de dedicarle una hora -a cada fruto, se entiende- para extraer los más de tres kilos de sabrosa pulpa, de color similar al de la piña y de gusto parecido al de piña y el mango, sin dejar por eso de tener una fuerte personalidad propia (ayer tarde nos dedicamos un rato a ello: estuvimos casi una hora "destripando a la bestia", necesitaría solo un post para contarlo).

Pero no todo iba a ser de color de rosa.  Como todo paraíso, este también tiene sus serpientes. Las de La Arcadia llegaron, como a toda esta zona, con camiones de tierra roja procedentes de otras zonas del país para ser utilizadas como tierras de cultivo y de relleno. Son pequeñas víboras muy venenosas que los lugareños llaman "aneli" por los dibujos de su piel. Solo salen de noche, pero son peligrosas y hay que cuidarse de ellas. Lo que es seguro es que, al menos por esta vez, no nos echarán del paraíso.

( Mientras escribo esto, sentado en la habitación bajo el ventilador, el monzón está haciendo de las suyas, dejándose caer mansa y abundantemente. Tan pronto como termina el aguacero, el intenso calor comienza su trabajo, evaporando gran parte del agua caída, con lo que el ambiente se carga de una humedad que aplatana al más pintado. Sudar, sudar y volver a sudar)

viernes, 6 de julio de 2018

El Sur

No existen vuelos baratos que salgan a horas decentes, o al menos yo no los conozco. A las cinco de la mañana estábamos en el aeropuerto de Delhi para facturar nuestro equipaje, listos para volar a Cochin, en el estado de Kerala. El vuelo tenía prevista su salida a las siete y cuarto.
Media hora antes de embarcar, una azafata me pidió que la acompañara para revisar mi equipaje, por lo visto llevaba en la mochila algo prohibido. Después de recorrer medio aeropuerto y cuando ya casi nos habíamos hecho amigos, resulta que el equipaje que me esperaba detrás de una puerta blindada no era mi mochila, sino la maleta de Pablo. "Llámele", me dijo mi amiga. Lo que faltaba, pensé, hacer venir solo hasta aquí a mi amigo, con lo que es él. Así que decliné la oferta, le dije que no podía llamarle, y volvimos a por él  justo a tiempo, pues estaba a punto de cruzar la puerta de embarque. Pronto nos encontramos de nuevo en el zulo de los equipajes.Después de abrir la maleta y tras mucho rebuscar todos juntos  -mi amiga, el policía, el funcionario de turno, Pablo y yo- entre la ropa, comprobamos con alivio que el objeto peligroso no era otra cosa que la pila de petaca de la linterna de Pablo, una pieza casi de museo que, a la vista del escáner de la policía, debió de parecer un sofisticado dispositivo, listo para ser accionado en pleno vuelo.

En el aeropuerto de Cochin nos esperaba nuestro amigo José Luis, que amablemente había venido a recogernos en su coche. Tras algo más de una hora de viaje y de la cálida bienvenida de Carmen, nos esperaba un paseo por el jardín, una comida en el Lilliput junto al Indico y una larga siesta en La Arcadia. Lo mejor, la larga charla en la cocina, lo dejamos para el final del día. No se puede pedir más.

El estado de Kerala está en pleno trópico y es zona de monzones, de los que estamos en plena temporada. El territorio es completamente llano, en gran medida recorrido por canales. Calor, humedad  y mosquitos forman una combinación explosiva muy alejada de la belleza del paisaje, verde a más no poder, al que su población le da el inimitable toque indio. Si no fuera por ello, en cualquier instante uno podría pensar que se encuentra en cualquier población del Caribe centroamericano. De momento, el monzón nos está respetando. Tan solo hemos tenido algo de lluvia una de estas noches. Esperemos que la cosa siga así, y que no tengamos que poner a prueba los ponchos y los paraguas que hemos traído desde España. Por la cuenta que nos trae.

miércoles, 4 de julio de 2018

Delhi

No viajo solo, claro está. Lo hago con mis amigos Pablo y Luis.
Pablo es todo un clásico en mi vida.  Tenemos en común episodios memorables -alguno de ellos ligeramente controvertido, como el sucedido en la Alpujarra allá a finales de los setenta; otros más cercanos en el tiempo pero no por ello menos espectaculares, como cuando se nos cayó una lavadora rodando por unas escaleras-.
El tercero en discordia es Luis, al que casualmente conoció Pablo en un anterior viaje a India, a mediados de los años 2000, buen amigo de ambos desde entonces. Desde hace unos pocos años solíamos escaparnos unos días en el mes de julio a Zahara. Este año hemos cambiado un poco el plan, solo un poco.

Es la tercera vez que vengo a Delhi. No sé cuantos millones de habitantes tiene esta ciudad, sí sé que en India viven más de mil trescientos millones de personas. Casi nada.
Delhi es una ciudad enorme, ruidosa, abarrotada, con un tráfico infame, sucia, alegre, indolente, contaminada, donde todo el mundo tiene prisa, en la que te la juegas al cruzar la calle, pestosa, colorista, llena de anuncios, de gente sentada o tirada por la calle, de puestos de comida, húmeda, calurosa, divertida.
Algunos cambios: muchas menos bicicletas, muchos más tuc-tucs, muchos más semáforos, muchos menos TATAs -el coche indio por excelencia, ahora casi solo se ven Suzukis, Hondas y Toyotas-, muchos más cascos en las cabezas de los motoristas (algo impensable hace unos años). También me da la sensación de que hay menos miseria en las calles (ojalá no me equivoque).
Delhi no es una ciudad peligrosa para pasear durante el día, no lo es más que cualquier ciudad europea. La única actividad verdaderamente peligrosa en Delhi es cruzar la calle: los cientos de miles de coches -a los que cada día se suman unos pocos miles más, sin que nadie retire ninguno-, de millones de tuc-tucs, bicicletas y motos,  circulan sin tener en cuenta la existencia de líneas que separan los carriles, por lo que en una calle de tres carriles se llegan a alinear hasta siete vehículos de lado a lado, todos ellos en plena circulación, zigzagueando y milagrosamente sin llegar siquiera a rozarse. A la hora de cruzar la calle, decía, lo aconsejable es acoplarse a algún lugareño por el lado de sotavento, lo que obliga necesariamente a cambiar de lado en mitad de la calle, operación que, realizada con habilidad, suele pasar completamente desapercibida.
A media mañana, tomando nuestro tercer chai del día, celebramos una cumbre en la que, tras analizar las distintas posibilidades de viaje con que contábamos, hemos decidido volar hacia el sur cuanto antes. Los motivos principales de nuestra decisión residen en la escasez de tiempo que tenemos, tan solo tres semanas, al menos una de las cuales queremos dedicarla a viajar a Sri Lanka -viaje aún por concretar- , en la previsión de un tiempo muy lluvioso en el que el monzón no nos daría tregua si decidiéramos bajar en tren durante varios días, como era nuestro proyecto inicial, y en las ganas de llegar cuanto antes a La Arcadia, la casa de nuestros amigos de Kerala.
Así que dicho y hecho. Después de comer en un restaurante japonés -que ya nos vale- gestionamos los billetes de avión a Kerala (al más puro Indian Style, ya explicaré en otro momento en qué consiste esto), hicimos un recorrido espeluznante en tuc-tuc para meternos en ambiente, y terminamos la tarde viendo en la habitación del hotel el lamentable partido de la selección española con la anfitriona del campeonato: 20:00 horas en España, tres horas y media menos en India, que hasta para eso son raros estos tipos.
Enga.

Namasté

Lo primero que llama la atención al salir del aeropuerto de Delhi es la humedad. A 30 grados, a la una y media de la mañana, la bofetada de calor húmedo que recibe el recién llegado es de impresión. Bienvenidos a la India!!
El control de inmigración en el aeropuerto de Delhi debe de ser uno de los más sofisticados del planeta: incluye, además de una verificación biométrica del careto, la toma de huellas dactilares de los dedos de ambas manos, en una secuencia cuyo sentido es difícil de encontrar; el momento más crítico de este proceso tiene lugar al tener que poner, en un dispositivo situado a metro ochenta de altura, ambos pulgares hacia arriba, en una postura absurda que le habrá costado un disgusto a más de uno.
Después de recoger el equipaje y pasar el control, compramos algunas rupias y, tras comprobar que el taxi precontratado no había llegado -en los carteles que sujetaban los mendas que esperaban a la salida no figuraban nuestros nombres- contratamos un taxi de prepago para que nos llevara al hotel, dónde Luis estaría esperándonos.
Cómo era de suponer, el taxista no tenía ni idea de dónde estaba el hotel, a pesar de que le habíamos dado la dirección correcta. Después de  hora y media de vueltas y más vueltas, incluido un cambio de chófer, nos llevó a un puesto de información turística, en el que, ahora sí, nos localizó el hotel. Por fin, a las cuatro menos veinte de la mañana hora local -tres horas y media menos en España- llegamos al Emerald. Misión cumplida, de momento.