Hace ya dos días que nos fuimos de la Arcadia. La noche antes de salir hacia Sri Lanka escribí algunas notas, que me sirven para completar este post. Ahí va.
Llevamos tres días sin parar de llover. La Arcadia está casi completamente inundada, pero el monzón no detiene la vida en Allampilly, tampoco la nuestra.
En la Arcadia el día comienza siempre con un desayuno madrugador en la cocina, sobre las siete y media de la mañana -a veces antes, si hay alguna excursión prevista o si Carmen ha conseguido convencernos para que nos metamos en su clase de yoga-. Hay desayunos y desayunos, y el del pasado domingo fue espectacular. Empezamos con un lassi de mango y dos cuencos con frutas tropicales -jackfruit, papaya, rambutan, maracuyá y mangostín-, después de lo cual le tocó su turno al ya habitual porridge: un tazón con leche de avena, cereales, plátano, frutos secos y miel, al que Carmen añadió en esta ocasión dátiles frescos. Cuando parecía que ya no podíamos más, resulta que aquello no había hecho nada más que empezar. Como quien no quiere la cosa, José fue preparando unos huevos fritos que nos tomamos a base de patacones, riquísimas tortas colombianas de plátano preparadas por Carmen. No faltó el pan de mijo con aceite y mermelada de mango y de nuez moscada -marca de la casa, como el pan-, un poco de queso francés que había traído nuestra amiga Marjorie y, para terminar, un té o un café, eso sí, sin azúcar.
(escribiendo esto, no puedo evitar acordarme de las merendolas que se pegaban los "cinco", en los libros de Enid Blyton que leía de pequeño en las tardes de verano, cuando mi madre nos obligaba a dormir la siesta. Qué tíos, los "cinco", cómo se ponían. En la granja Kirrín les preparaba su tía unas meriendas con cerveza de gengibre, pastel de nosequé y mil cosas más que no se las saltaba un galgo).
El día que fuimos a ver las cataratas nos cayó una de aúpa. A Pablo, en su línea, se le olvidó el paraguas en casa y tuvo que comprar uno allí por doscientas rupias - algo más de dos euros-. El paraguas en cuestión tiene un curioso estampado con noticias de prensa. "Así no me mojo, y de paso leo el periódico", comentó. Qué tío, el Pablo. Con paraguas o sin ellos, nos pusimos hechos una sopa. La zona en la que se encuentran las soberbias cataratas está llena de monos, que se acercan a la gente sin ningún miedo. Fuimos testigos de cómo un mono se atrevió incluso a saltar sobre un pardillo, que en ese momento estaba muy cerca de nosotros, para intentar robarle unos infames cacahuetes picantes que se estaba comiendo el tipo. En fin, que no nos pase ná.
Es verdad que tenemos la gran suerte de estar con nuestros amigos, buenos conocedores de la tierra en la que viven. Eso es lo que nos permite aproximarnos a la India de forma diferente a como lo hace el viajero común, de manera que nuestro viaje tiene un ingrediente de proximidad muy valioso. Ya no solo por conocer de su mano magníficos garitos locales -qué decir del "Madrás Café", en Allampilly, donde ponen los mejores desayunos de toda la India, después de los de La Arcadia, claro está; o del "Malabar House", una mansión colonial holandesa en el corazón de Fort Cochin, dónde sirven un Chai impagable-; o por recorrer con ellos pequeños museos, tiendas, calles mercados y lugares que sin ellos nunca habríamos conocido. Es mucho más de lo que yo podría escribir aquí. Con ellos hemos ido a comer a casa de una familia India; hemos compartido aula de yoga con los alumnos de Carmen, y hemos pasado espléndidas veladas en su cocina y en su biblioteca. Aunque esta larga semana en Kerala se nos ha pasado volando, nos sentimos como si hubiéramos vivido aquí mucho más tiempo.
Algunas noches, después de cenar, subimos a la biblioteca de nuestros amigos para terminar el día viendo una peli. Me encantó "El exótico hotel Marigold". Es una deliciosa comedia ambientada en India. En una escena, dos de sus personajes principales, marido y mujer en plena crisis y al borde del divorcio, mantienen más o menos el siguiente dialogo:
- ¿Me quieres decir qué es lo que tú le ves a la India? -pregunta ella, muy enfadada- ¿Qué es lo que te gusta de este maldito país?
- Me gusta por su luz, por su color. -contesta él, mucho más calmado que ella- Y me gusta, sobre todo, porque en otros países la vida es previsible mientras que aquí, en India, la vida siempre te sorprende.
Sigue lloviendo fuera. Mañana a esta hora estaremos lejos de aquí. Seguiremos informando.
Si que os cunde la semana... Andarse con cuidado con los monos que son muy malos eh! Las fotos muy bonitas.
ResponderEliminarLos Cinco y su cerveza de jengibre. ¡Qué recuerdos!
ResponderEliminar¡¡¡No puedo estar disfrutando más!!! Tienes una forma tan agradable y amena de relatar que te engancha. Los Cinco ¡qué recuerdos! GRACIAAASSS
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