miércoles, 4 de julio de 2018

Delhi

No viajo solo, claro está. Lo hago con mis amigos Pablo y Luis.
Pablo es todo un clásico en mi vida.  Tenemos en común episodios memorables -alguno de ellos ligeramente controvertido, como el sucedido en la Alpujarra allá a finales de los setenta; otros más cercanos en el tiempo pero no por ello menos espectaculares, como cuando se nos cayó una lavadora rodando por unas escaleras-.
El tercero en discordia es Luis, al que casualmente conoció Pablo en un anterior viaje a India, a mediados de los años 2000, buen amigo de ambos desde entonces. Desde hace unos pocos años solíamos escaparnos unos días en el mes de julio a Zahara. Este año hemos cambiado un poco el plan, solo un poco.

Es la tercera vez que vengo a Delhi. No sé cuantos millones de habitantes tiene esta ciudad, sí sé que en India viven más de mil trescientos millones de personas. Casi nada.
Delhi es una ciudad enorme, ruidosa, abarrotada, con un tráfico infame, sucia, alegre, indolente, contaminada, donde todo el mundo tiene prisa, en la que te la juegas al cruzar la calle, pestosa, colorista, llena de anuncios, de gente sentada o tirada por la calle, de puestos de comida, húmeda, calurosa, divertida.
Algunos cambios: muchas menos bicicletas, muchos más tuc-tucs, muchos más semáforos, muchos menos TATAs -el coche indio por excelencia, ahora casi solo se ven Suzukis, Hondas y Toyotas-, muchos más cascos en las cabezas de los motoristas (algo impensable hace unos años). También me da la sensación de que hay menos miseria en las calles (ojalá no me equivoque).
Delhi no es una ciudad peligrosa para pasear durante el día, no lo es más que cualquier ciudad europea. La única actividad verdaderamente peligrosa en Delhi es cruzar la calle: los cientos de miles de coches -a los que cada día se suman unos pocos miles más, sin que nadie retire ninguno-, de millones de tuc-tucs, bicicletas y motos,  circulan sin tener en cuenta la existencia de líneas que separan los carriles, por lo que en una calle de tres carriles se llegan a alinear hasta siete vehículos de lado a lado, todos ellos en plena circulación, zigzagueando y milagrosamente sin llegar siquiera a rozarse. A la hora de cruzar la calle, decía, lo aconsejable es acoplarse a algún lugareño por el lado de sotavento, lo que obliga necesariamente a cambiar de lado en mitad de la calle, operación que, realizada con habilidad, suele pasar completamente desapercibida.
A media mañana, tomando nuestro tercer chai del día, celebramos una cumbre en la que, tras analizar las distintas posibilidades de viaje con que contábamos, hemos decidido volar hacia el sur cuanto antes. Los motivos principales de nuestra decisión residen en la escasez de tiempo que tenemos, tan solo tres semanas, al menos una de las cuales queremos dedicarla a viajar a Sri Lanka -viaje aún por concretar- , en la previsión de un tiempo muy lluvioso en el que el monzón no nos daría tregua si decidiéramos bajar en tren durante varios días, como era nuestro proyecto inicial, y en las ganas de llegar cuanto antes a La Arcadia, la casa de nuestros amigos de Kerala.
Así que dicho y hecho. Después de comer en un restaurante japonés -que ya nos vale- gestionamos los billetes de avión a Kerala (al más puro Indian Style, ya explicaré en otro momento en qué consiste esto), hicimos un recorrido espeluznante en tuc-tuc para meternos en ambiente, y terminamos la tarde viendo en la habitación del hotel el lamentable partido de la selección española con la anfitriona del campeonato: 20:00 horas en España, tres horas y media menos en India, que hasta para eso son raros estos tipos.
Enga.

2 comentarios:

  1. Bueno pues no esta mal el cambio de Zahara por la India jeje que locura de ciudad tanto trafico y tanta gente..
    Pasarlo bien ahora en el sur y felicidades a Pablo por su cumple
    Besitos 😘 😘 😘

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  2. Muy contenta de poder seguiros por esos mundos de Dios y con muchas ganas que me expliques lo del "India Style" y alguna fotillo ilustrativa por favor 😉Que todo siga bien.

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