miércoles, 11 de julio de 2018

El autobús

Es posible que sea cierto eso de que no se conoce bien un país si uno no ha recorrido sus mercados  ni viajado en sus transportes públicos. Lo que es seguro es que desplazarse en autobús de línea en India puede llegar a ser una de las experiencias más auténticas -y, probablemente, de las más emocionantes, - que se puedan tener por estos andurriales.
Lo ideal, ya puestos, es coger el bus en hora punta, a las ocho de la mañana, por ejemplo, o a las tres de la tarde, cuando los buses van atestados de trabajadores, amas de casa y estudiantes de uniforme. Una vez localizada la parada, y teniendo muy claro el nombre del lugar en el que nos vamos a bajar, solo queda esperar la llegada del bus. Ojo, que vendrán unos pocos antes que el nuestro. Vistos desde fuera, los autobuses son bastante vistosos, demasiado vistosos, diría yo: la parte delantera está casi siempre pintada de colores chillones, y el parabrisas aparece plagado de guirnaldas y adornos varios. En la parte superior llevan escrito el nombre de la línea, en malayalam, claro.  Solo reconoceremos el nuestro cuando, una vez abiertas las puertas -operación que se realiza siempre antes de que el autobús  pare del todo- alguno de nosotros se acerque y le repita en voz alta a algún viajero el nombre de nuestro destino. Si la respuesta es un meneillo de cabeza, que no dice que no pero tampoco dice que sí -como hacían aquellos perritos que se veían en las bandejas traseras de los coches en España, en los años setenta- entonces hay que subir a todo meter al autobús antes de que sea demasiado tarde y se ponga en marcha, momento a partir del cual la subida sólo es apta para lugareños y turistas descerebrados.

Cogimos nuestro primer bus a los dos días de llegar a Kerala para ir a Fort Cochin. Para ello, teníamos que llegar hasta Vypin por carretera, y una vez allí coger un barco que nos llevaría a nuestro destino atravesando un ancho canal. No podíamos perdernos la visita a Fort Cochin, una de las poblaciones más bonitas de Kerala.  Posee uno de los conjuntos de arquitectura tradicional colonial más bellos de toda la India, con una fascinante mezcla de influencias portuguesas, holandesas e inglesas. Pero volvamos a lo nuestro.

El trayecto en bus entre Ayyampilly y Vypin dura hora y media, y transcurre por una carretera estrecha con un carril en cada sentido.  No hay aceras ni arcén. A ambos lados de la carretera -apenas a  metro y medio-, acompañando a la omnipresente vegetación tropical, hay casas bajas de colores. Se trata generalmente de tiendas de todo tipo y condición, en las que trajinan montones de personas. De vez en cuando nos sorprende la aparición de grandes iglesias católicas -no hay que olvidar que Kerala es el estado indio donde el número de católicos es más alto, en torno al 20% de la población, y los indios, como todo el mundo sabe, se toman muy en serio esto de la religión-, iglesias construidas a modo de enormes tartas, pintadas con colores pastel y con una decoración muy kitsch. Todas tienen junto a ella su escuela y su parada de autobús.

El viaje fue de traca. Durante todo el trayecto, se dice pronto, el chófer no paró de tocar cada dos por tres la bocina. Nada más entrar, con el autobús atestado de gente, nos dimos cuenta de la importancia de andar sujeto donde fuera, ya que los frenazos y  bandazos eran continuos. Las incorporaciones  desde los caminos que dan a la carretera se hacían sin la menor precaución, y para adelantar a los motocarros que la inundaban el conductor no veía necesario esperar a que no viniera nadie de frente. En ese caso, ya se apartaría, por la cuenta que le trae. Para que se me entienda bien, la experiencia es comparable a algo intermedio entre una partida de un vídeo-juego -con muchos bonus y un montón de bolas extra, afortunadamente- y una atracción de feria, de esas que se llenan de adolescentes ansiosos de fuertes sensaciones. Y el caso es que ni un solo indio se inmutaba, cada uno iba a lo suyo, mientras la música que el chófer tenía puesta a todo volumen daba ambiente al viajecito.
Cada vez que llegábamos a una parada, el cobrador abría la puerta y empezaba a azuzar a niños y mayores para que pasaran para dentro ( ¿para dónde, si no había sitio?), haciendo extraños signos con la mano y diciendo: "gere, gere, gere, gere", o "po,po,po,po po..." , Qué no tengo ni idea lo que quiere decir, aunque me lo imagino. Luego, ya en marcha, tiraba de una cuerda y misteriosamente se cerraba la puerta con un primitivo aunque ingenioso dispositivo. Aunque al principio el personal va revuelto, pronto se da uno cuenta de que la parte delantera es para las mujeres y la parte de atrás para los hombres. La cosa estuvo mucho más clara cuando se quedó delante un sitio libre y a Luis le faltó tiempo para abalanzarse sobre él, pero más rápido llegó el cobrador, que le hizo levantarse y lo mandó para atrás sin contemplaciones.

Eso sí, el viaje fue muy muy barato, apenas unas rupias.  Otro día hablo de los mercados.



1 comentario:

  1. Fantástico relato de un apasionante viaje. Todavía recuerdo aquellos otros de nuestra juventud compartida de la escapada a tierra de pinsapos. ..Graciaaasss 😙

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