El paraíso terrenal existe, palabra. Está en La Arcadia. O, al menos, aquí se encuentra un trocito de ese paraíso del que nos hablaban en el colegio, el mismo del que expulsaron a Adán y Eva por comerse una manzana, algo que nunca conseguimos entender del todo. Es una pequeña finca de media hectárea de extensión, situada en un rinconcito de Ayyampilly, en el distrito de Ernakulam, estado de Kerala.
Hace ya trece años que nuestros amigos la compraron. Se encontraban por entonces en Puna, trabajando como profesores en uno de los Colegios del Mundo Unido, organización filantrópica dedicada a la enseñanza que ofrece una educación secundaria de altísima calidad en un reducido número de centros repartidos por todo el mundo. Después de pasar años enseñando en diversos países -Reino Unido, Swazilandia, Estados Unidos, India- y atraídos por las bondades de este país, eligieron este trocito del mundo para quedarse.
En un lateral del jardín de La Arcadia se sitúa la casa, un hermoso edificio de dos plantas de estilo colonial, levantado en los años cincuenta del siglo pasado. Su interior es espacioso y equilibrado. Llaman la atención sus puertas y ventanas de madera, sus cierres, la economía de su mobiliario y la espléndida cocina -en ella se conserva una antigua cocina de leña, operativa hasta hace apenas unos años-, el verdadero corazón de la casa, como en todo hogar que se precie de serlo.
Un paseo por el jardín nos descubre el trópico a cada paso. Naturaleza que se resiste a ser doblegada, que obliga a luchar cada día a brazo partido para evitar que se desborde: deslumbrantes flores como las heliconias, los anturios o las flores de antorcha, junto a las delicadas plantas de ilan-ilan, muy cotizadas en perfumería y aromaterapia. Árboles de caoba, palmeras de diversos tipos, un árbol de cacao, distintas plantas que producen especias como pimienta, vainilla, varios tipos de gengibre y cúrcuma. El espacio dedicado a la albahaca se organiza en unas estructuras que sostienen más o menos a un metro sobre el suelo los canalones, en los que asoman las tiernas y aromáticas hierbas en tres variedades diferentes, cubiertas por unos pequeños techados de plástico que las protegen del exceso de lluvia.
En el huerto hay ocra, espinacas, pimiento chile, judías, pepinillos, incluso algunos aguacates traídos desde Estepona. También hay un naranjo y dos limoneros. Junto al huerto está el corral, donde tres gallinas ponen cuando les place unos huevos que resucitan a un muerto.
En el centro del jardín está el aula de yoga. Se orgánica en torno a un espacio simétrico ,cuidadosamente iluminado y ventilado, que reúne los elementos imprescindibles para la práctica y la docencia del Yoga Iyengar, además de unos cuantos muebles de espléndida factura. Muy cerca del aula de yoga hay un pequeño estanque con lotos y otras plantas acuáticas, en el que nadan peces tropicales y otros que, cuando alcancen el tamaño adecuado, irán directamente a la plancha.
Es difícil adivinar cómo se puede gestionar la gran cantidad de fruta que produce la Arcadia: deliciosos mangos, papayos, frutas de la pasión, mangostín, plátanos, árbol del pan, peras tropicales, piñas, yucas, cafetos -cuatro de ellos de la variedad robusta, otro de la variedad arábiga-, además de uno de los reyes de la fruta de estas latitudes: el jack-fruit. Este último es un impresionante fruto con forma de balón de rugby pero con el doble de tamaño; cuando está en su punto exacto de maduración, es el momento de dedicarle una hora -a cada fruto, se entiende- para extraer los más de tres kilos de sabrosa pulpa, de color similar al de la piña y de gusto parecido al de piña y el mango, sin dejar por eso de tener una fuerte personalidad propia (ayer tarde nos dedicamos un rato a ello: estuvimos casi una hora "destripando a la bestia", necesitaría solo un post para contarlo).
Pero no todo iba a ser de color de rosa. Como todo paraíso, este también tiene sus serpientes. Las de La Arcadia llegaron, como a toda esta zona, con camiones de tierra roja procedentes de otras zonas del país para ser utilizadas como tierras de cultivo y de relleno. Son pequeñas víboras muy venenosas que los lugareños llaman "aneli" por los dibujos de su piel. Solo salen de noche, pero son peligrosas y hay que cuidarse de ellas. Lo que es seguro es que, al menos por esta vez, no nos echarán del paraíso.
( Mientras escribo esto, sentado en la habitación bajo el ventilador, el monzón está haciendo de las suyas, dejándose caer mansa y abundantemente. Tan pronto como termina el aguacero, el intenso calor comienza su trabajo, evaporando gran parte del agua caída, con lo que el ambiente se carga de una humedad que aplatana al más pintado. Sudar, sudar y volver a sudar)
¡Qué envidia! No me importaria compartir ese vergel,con aneli incluida.
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