lunes, 9 de julio de 2018

Los backwaters

"A veces, viajando, inesperadamente, la tierra nos muestra unas de sus perlas. Esta vez ha sido en los canales de Kerala"

Empiezo este post con las líneas que ayer subió Luis -uno de mis compañeros de viaje-  al grupo de wtsp que montamos hace unos meses, cuando empezamos a organizar esta pequeña aventura, y que seguimos utilizando en estos días para anotar cuentas y demás. Y es que los bakwaters de Kerala -patrimonio de la humanidad desde hace ya unos años- son una verdadera pasada. Se trata de una enorme red de canales que dan forma a un laberinto acuático; a veces, abriéndose paso a duras penas entre una increíble y densa vegetación tropical; otras, mostrándose como amplias láminas de agua en las que se refleja el cielo.

Habíamos decidido acercarnos hasta los canales desde La Arcadia viajando en autobús hasta Allapuzha para, una vez allí, alquilar un barco-hotel en el que, por un módico precio -estamos en temporada baja, en plena estación de monzones-, pudiéramos recorrerlos tranquilamente y pasar la noche a bordo, además de comer, cenar y desayunar en el barco. Llegamos a Allapuzha después de más de tres horas y media de autobús, y contratamos nuestro crucero particular en el primer tugurio que encontramos en el muelle  con pinta de ser lo que buscábamos,  a un precio verdaderamente irrisorio . Al cabo de media hora estábamos navegando, acompañados de nuestra flamante tripulación: el capitán, un cocinero y un tipo con pinta de ser el encargado de echar una mano en lo que hiciera falta.

Nuestro barco, como todos con los que nos cruzamos, era una preciosidad. Según nos dijeron, los ketuvallam -que así se llaman- son barcos tradicionales que en su época se dedicaban al transporte de arroz, aunque de esto solo conservan su apariencia externa, ya que se construyen en la actualidad como pequeños hoteles flotantes. En la cubierta delantera, un juego de cómodos sofás, una mesa donde poder comer, dos espacios donde tumbarse junto a la proa y, delante del todo, una pequeña silla donde el capitán -muy sonriente aunque no nos dirigió la palabra en todo el viaje, solo hablaba malayalam- nos miraba de vez en cuando mientras pilotaba (A decir verdad y en contra de la opinión de Pablo y de Luis, yo creo que el capitán sí hablaba inglés, pero le sentó como un tiro que poco después de empezar a navegar le dijera yo, a petición de Luis, que  le quitara el sonido al móvil, en el que estaba viendo vídeos a la vez que le daba al timón... . Yo habría reaccionado igual, o peor). Detrás de esta zona, un camarote con dos camas individuales y cuarto de baño y ya en la popa, la cocina. En el piso de arriba, otra cubierta delantera, una mesa de comedor en la misma cubierta -ahí nos sirvieron la cena, comida india tradicional, muy rica-  y otro dormitorio casi idéntico al de abajo.
El plan, para imaginárselo: uno no quiere ni echarse la siesta en cubierta para no perderse ni un instante del espectáculo, en verdad impagable, del barco recorriendo muy despacio semejante lugar. Por supuesto que la echamos; la siesta, digo, aunque no sin antes comer algo de pescado, acompañado de algunos platos indios, para variar. Leer un rato, charlar por los codos, reírnos un montón y disfrutar, ese fue nuestro único plan a lo largo del día completo que duró la aventura. Cuando empezó a caer la tarde, el barco paró un rato; mandamos al chico para todo a comprar unas King Fischer para cenar -no es nada fácil pillar unas cervecitas en la India-, y nos acercamos a un puesto de pescado, pero no compramos nada porque a Luis, nuestro regateador oficial, le pareció caro el precio final de unos langostinos con una pinta que te rilas. Poco después nos detuvimos, y el barco quedó amarrado en lugar seguro para pasar la noche.

Nunca supimos donde durmió el capitán. Los otros dos tipos se acoplaron en la terraza de la cubierta superior, pero del que llevaba el timón no tuvimos ninguna noticia hasta la mañana siguiente.
‎Sí sé donde dormimos nosotros: los tres en el camarote de abajo. Habíamos contratado un camarote con una cama supletoria, pero la supletoria resultó ser un infame colchón, con una única sábana de sospechoso color parduzco que, para colmo, le quedaba chica. Así que, dada la hora y la anchura considerable de las camas, optamos por no liarla con la tripulación, juntar las camas y echarnos a dormir uno al lado del otro, despertándonos cada dos por tres para apagar o encender el aparato de aire acondicionado del camarote, según estuviéramos helándonos de frío o asándonos de calor. A nuestra edad. Mejor, no se lo contamos a nadie.

2 comentarios:

  1. Pobre capitán, .., y digo yo, ... no podíais haberle comprado unos auriculares?

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  2. Si alguna vez viajo con Luis, soy yo la que "no sabe" inglés.

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